domingo 7 de febrero de 2010

Apuntes de la guerra


El viejo guerrero contempla su kalashnikov sentado en lo alto de una loma desnuda. Un aire punzante le golpea el rostro, pugnando por introducirse a través de cada una de las aberturas de la ajada vestimenta.

El viejo guerrero contempla su kalashnikov y sonríe con cariño. El arma que tiene frente a sí es de apariencia vetusta, tal que un AK-47 de la primera generación. Las piezas de madera están repletas de muescas, gastadas, sin ningún brillo, no recuerdan ya la última capa de barniz protector que se les dio. Pero... el guerrero sonríe ahora con mayor intensidad . Recuerda como, tras haberlo contemplado a través de unos binoculares, un pequeño grupo de enemigos lo dejaron acercarse hasta una distancia de novecientos metros. ¿Acaso un viejo “aka” puede disparar más lejos de los cuatrocientos? Tremendo error de apreciación el de los confiados rivales, que lo pagaron, todos, de la manera más cara que se puede pagar una equivocación.

Con paciencia y belicoso amor, el combatiente ha ido introduciendo pequeñas grandes modificaciones en su fusil de asalto. Parece una cosa y es otra, que nada tiene que envidiar a las armas del mismo tipo que los traficantes venden como “últimos modelos”. Incluso es mejor. El guerrero suelta una carcajada ante la imagen sobrevenida del comerciante de armas que pretendía demostrar la excelencia de su nuevo “juguete”. Nada mejor para ello que compararlo con su desgastado fusil, nada mejor que forzarle a una prueba conjunta de tiro de las dos armas. Ninguna forma mejor de hacer el ridículo en presencia de todo el destacamento.

Llaman ya al comandante, que deberá dejar para otro momento sus pensamientos. Pega un último vistazo a las anotaciones que hizo en su libreta:

“ Cuando se pretende conseguir con pocos medios objetivos ambiciosos hay que tener muy claras varias cosas. La primera de ellas es justamente la desproporción manifiesta entre lo que se busca y las herramientas de que se dispone para alcanzarlo. Cualquier persona de las llamadas sensatas afirmará en tales casos la imposibilidad de victoria. Se trata de una aseveración injustificada, porque una dificultad extrema no es nunca sinónimo de imposibilidad. Lo es, en todo caso, de amplias posibilidades de fracaso, pero jamás de impedimento absoluto. Por lo tanto, los buscadores de lo imposible, han de estar muy convencidos de que su objetivo es factible de alcanzar.

La segunda consideración a tener en cuenta es que las herramientas pueden ser transformadas y mejoradas, sacándose de ellas un partido que el ignorante es del todo incapaz de concebir.

La tercera es que de una firme voluntad y de un contemplar atento de la realidad, acaba casi siempre emergiendo de nuestras mentes una solución, una estrategia que es la más adecuada y que puede conducirnos al éxito. Hay que dejarle espacio para que crezca y se manifieste porque a menudo se trata de algo sorprendente, pero tan simple que cuando está ya maduro frente a nosotros nos parece inconcebible no haberlo visto antes...”

“La piel suave me llama gritando,
cantándome obscenas notas lujuriosas,
mientras mi cuerpo enardecido busca,
fundirse en fuego poro a poro,
electrocutarse en frenético goce.

Unas tetas de erectos pezones,
bestialmente dulces al ser chupados,
apretadas entre mis manos,
hacen sentirse animal a la mujer,
que me pide ansiosa se los coma.

Los rostros embellecidos por el placer,
los orgasmos descargados como metralla,
los coños rojos, húmedos y chorreantes,
los gemidos de hembras enceladas,
son el terrible manjar que me da vida.”

jueves 28 de enero de 2010

El sexo es un guerra


El sexo es una guerra,

de batallas continuadas,
hechas de carne encendida,
y de chispas rojas de sangre.

Grandes triunfos y placeres,
esperan los lúbricos combatientes,
aunque los tambores de lucha,
tocan demasiado a menudo,
dolorosos ritmos enervados.

En la arena del circo del sexo,
los gladiadores pugnan desnudos,
con corazas hechas de piel sensible,
lanzas que son vergas endurecidas,
redes tramposas de encharcados coños.

Juventud, belleza y fuerza,
sacian juntas la voracidad,
del lascivo adversario enfrentado,
lo precipitan en las simas,
de potentes orgasmos animales.

Pero la muerte ronda cercana,
en los campos de batalla,
estén estos cubiertos,
de metralla o de fluidos.

En la guerra hay suertes buenas,
y en la guerra hay suertes malas,
pocas es cierto de unas,
y muchas es cierto de otras.

¿Quién ha dicho que el placer furioso,
sea para el común mortal,
que los espléndidos cuerpos,
que hacen rabiar de placer,
hayan de ser concedidos,
sin más a uno cualquiera?

¡¡Luchad, guerreros,luchad!!
Batíos sin compasión cuerpo a cuerpo,
sabed no obstante armados atletas,
que el triunfo ha de ser patrimonio.
sólo de reyes y emperadores.

jueves 14 de enero de 2010

Aulla el viento


Aulla el viento, grita estridente,
zarandea, lanza, mueve,
y así la Tierra resoplando muestra,
sus inmensas fuerzas de Madre,
a veces dura e inclemente.

Y yo me preparo al goce,
a ser batido sin compasión,
en el Poniente no tan lejano,
por la lasciva amante deseada.

La que provoca terremotos,
con epicentro en mi vientre,
e inmensas mareas de sangre,
que abrasan quemando el cuerpo.

viernes 8 de enero de 2010

Follando en el autobús: Oniricón (2)


Estaba en el interior de un autobús de línea urbana, repantigado en uno de sus asientos. Era un sueño, indudablemente, pero yo tenía consciencia de que me encontraba en él, de que estaba soñando. Las imágenes, como he visto que me sucede al tener un sueño lúcido, estaban dotadas de una gran definición y colorido, que en muy poco se diferenciaban de las que puedo observar de ordinario en la vigilia.

Quise comprobar si era capaz de moverme a mi antojo en el sueño y me levanté del asiento. Varios coches evolucionaban por debajo del autobús en la calle. Uno de ellos era un deportivo azul brillante de elegante diseño. Me propuse hacerlo acelerar con mi simple voluntad. Lo conseguí, aunque al aumentar el ritmo de marcha, el vehículo se volvió borroso y finalmente desapareció de mi vista.

A continuación, el libertino que llevo dentro no pudo dejar de entrar en acción. Observé a los viajeros del autobús por si entre ellos había alguna mujer apetecible. Efectivamente, al momento pude observar una joven atractiva sentada en uno de los asientos posteriores del bus. ¡Al ataque!

Me dirigí hacia la joven y directamente y sin prolegómeno ninguno- en un sueño estábamos y había que aprovecharlo -me dispuse a desnudarla. No era fácil, porque el sueño se atenía a las condiciones climatológicas reinantes y la mujer iba bien cubierta con abrigo, bufanda, jerseyes y camisas varias. Sin dilación empecé mi trabajo y como era de esperar ella no se opuso. Al poco ya podía tener sus apetecibles tetas entre mis manos. Pero... ¡zas!, justo en aquel momento el sueño se pixela, difumina y acaba. ¡Mecaguenlamar!

¿Qué puñetas había pasado? Si me atengo a las indicaciones, que me parecen muy certeras, de la doctora Consuelo Barea, en su libro “El sueño lúcido”, simplemente era yo mismo, mi parte represiva y censora, la que había puesto fin a este excelente capítulo onírico. De forma que tendré que seguir buceando en mi psique, para eliminar molestas reticencias. ¿Acaso juzgo que está mal ponerse a follar, sin más, con una desconocida en el autobús? Esto hay que arreglarlo. En ello laboramos.


Y para vuestro deleite, un pequeño vídeo ilustrativo.


martes 29 de diciembre de 2009

Oniricón (1)


Despertó con el cuerpo inquieto y un fuerte escozor en la punta del dedo gordo del pie izquierdo. Sin moverse de su inicial posición de letargo, flexionó pierna y muslo hasta situar la extremidad muy cerca de su entrepierna, al alcance de las manos. Rascó con furia la zona de carne sublevada consiguiendo un relativo alivio. Sometida aquella parte del cuerpo, el resto, sin embargo, continuaba quejándose de una indefinida molestia. Eructó y una fuerte acidez ascendió rápida desde el estómago a la boca. ¿Qué estaba pasando?

El contacto de las mantas ásperas sobre su piel desnuda le sorprendió de repente. ¿Se había acostado en cueros la noche anterior? No lo recordaba así. Tampoco que su cama fuera tan estrecha- ahora se daba cuenta de que yacía en una especie de catre -y que careciese de sábanas. La oscuridad de la habitación en que se encontraba era total, negro carbón intraspasable, el olor, de nubes densas de vapor de sexo prestas a descargar tormenta de fluidos. Escuchó el silencio dándose cuenta de que no era total, a su izquierda percibía un aliento, o dos, o varios. El aire respirado, que en un primer momento parecía serlo con suavidad por quienes lo usaran, empezó pronto a ser jaleado a ritmo veloz en gargantas y pulmones. Inhalaciones bombeadas a presión, exhalaciones sonoras de ayes, gemidos quedos de placer concentrado vueltos luego ya rojas explosiones más audibles.

Una luz se encendió blancuzca. Sobre un cajón de listones de madera sin desbastar la pequeña bombona de gas había sido puesta en servicio. Envolviendo el cilindro de cristal sobre una botella verde, la claridad se desparramó en aquel espacio lo suficiente para que colores y formas hiciesen aparición. Así, mientras un chorro de aroma carnal le golpeaba casi sólido, pudo ver como el coño de la mujer en cuclillas tragaba, lentamente voraz, la verga que su misma mano había conducido.

Se incorporó, quedando sentado al borde de su camastro. Estaba soñando, sin duda. Antes creyó despertar, pero lo hizo en el mismo sueño. Sin embargo, ante la escena que se le ofrecía presenciar, renunció de momento a una inmediata vuelta a la vigilia. Observó a la mujer, ya poseedora del miembro de su follador. Tendría bastante más de cincuenta años pero por su actitud encerraba con certeza un caudaloso manantial de lascivia, que seguía fluyendo incólume al paso del tiempo. Creyó ver como en torno a ella la luz enrojecía, cubriéndola entera con una funda de fuego. Se sintió de repente penetrando en la cavidad izquierda de su pecho, transformándose en el corazón que batía alegremente loco, cruelmente egoísta, brutalmente voraz de placer. Le llegó el canto lúbrico sagrado de millones de células formando coro entre estallidos blancos. Fue su lengua también, gustando el sabor salado de lejanas gotas de agua de mar que mareas de sexo depositaban sobre las papilas. Y fue el acero forjado de puñal de una mente perversa e inmisericorde pero al tiempo inocente y melosa.

Regresó en un instante a si mismo para mirar el rostro de la copuladora. Mujer que fue bella durante años, a ciencia cierta, pero que con malignidad luciferina se obcecaba en continuar siéndolo a pesar del desgaste del cuerpo y de la pérdida creciente de armonía entre sus partes. De tal forma, los restos del naufragio cronológico parecían volver a reunirse en una nueva y oscura hermosura de la sombra: las formas prominentes de los pómulos, los labios carnosos, los rasgos teñidos de sangre africana a despecho de su piel blanca, los pechos generosos de pezones grandes, ya muy caídos pero aun impactantes, la cruz de madera negra entre ellos, pendiendo de una gruesa cadena de oro que discurría como una sierpe sobre la piel, las nalgas grandes afeadas por excesos adiposos, la barriga llena, las volutas de grasa contorneando el cuerpo. Todo ello, lejos de desagradar, componía un extraño cuadro al que daba vida una tensa mente libertina, propia de una bruja lujuriosa suficientemente hábil y con acceso a sortilegios poderosos, capaz de invocar con éxito repetido a los demonios del placer.

Cabalgó con exaltación al fornido joven que yacía de espaldas sobre aquel lecho cubierto apenas con una manta gris de viaje. Con las manos sobre los pectorales recios del varón parecía querer absorber toda su fuerza. Cuando se corría, rabiosa, desprovisto su rostro de evocación alguna de dulzura, sus uñas pintadas cada una de un color distinto, en forma de desorganizado arco iris, se clavaban en las carnes del macho y la cara de éste parecía la de quien contempla de cerca la muerte y su cuerpo parecía también vibrar en un postrer espasmo de despedida.

Paró, para ofrecer el culo a su segundo acompañante que, tras untarlo bien con lo que parecía una masa de grasa que llevaba entre las manos y tras impregnarse igualmente el miembro, se lo introdujo en tres golpes secos, a los que ella respondió con tres rugidos. Al poco forzó a sus dos acompañantes a correrse dentro de ella. Y hubo un momento de reposo que se presentía muy transitorio.

Entonces, una mano recia se posó sobre el hombro del soñador. Ante él, a su lado, una figura maciza y barbada le dirigía la palabra. “Ya es hora de marchar de aquí”. Intentó, ahora sí, despertar, pero fue del todo inútil.

lunes 14 de diciembre de 2009

Una vela para mi sombra


El sábado estuve en Barcelona. Tras encontrarme con una amiga, me quedó mucho tiempo libre. Así que me dediqué a una de mis aficiones predilectas y deambulé por las calles del casco viejo de la ciudad. Cuando ya había oscurecido, mis pasos, uno tras otro, me condujeron hasta la iglesia de Santa María del Mar. El edificio, por toda una serie de razones, ejerce poderosa fascinación sobre mi.

Penetré en su interior. Nunca mejor dicho, penetré. Me introduje en el recinto sagrado, en el espacio místico. El ateo, libertino y políticamente muy incorrecto Adorador entró dentro del recinto eclesiástico. Porque también soy asceta, como queda dicho en mi perfil, y consultador de oráculos y de magos. ¿Qué mejor que un templo gótico pues para liberar parte de mi lado oscuro?

Sentado en uno de los bancos, escuché durante un rato al coro de la iglesia que ensayaba sus cantos. Contemplé también las altas y erectas columnas, firmes falos de piedra que se elevan hacia el cielo para estallar luego, orgasmando arcos ojivales. Disfruté con la erótica desnudez de la iglesia, cuya decoración y añadidos en forma de postizos y recargamientos está reducida a la mínima expresión. Tuve, he de reconocerlo, un recuerdo para mis familiares muertos, a los que imploré auxilio y protección. Finalmente recorrí las naves a paso lento.

Concebí entonces una idea. Encendería una vela. ¿A quién puede encender una vela un ateo? A él mismo, sin duda. Pero no a cualquier parte suya, sino a aquella más oculta, más en la sombra, más inconsciente, más poderosa. Compré pues una pequeña masa de cera blanca forrada de rojo, la encendí y la dejé depositada frente a uno de los altares de la Madre de Dios. Me marché luego, perdiéndome de nuevo por las calles de la urbe. Mi llama sigue luciendo ahora entre las piedras góticas. La Madre de Dios la contempla. Yo la contemplo.

He consultado luego a mi oráculo predilecto, el I Ching, sobre lo que podía esperarse de todo lo que había sucedido durante mi sábado en Barcelona. Tuvo una contestación sorprendente. Lanzó como una gran roca un hexagrama macizo, sin mutaciones, el número 55, "La Plenitud". Muy extraño. Pero no suele mentir. Ni equivocarse.

martes 8 de diciembre de 2009

La primera prueba


La tenía enfrente, sentada en la pequeña mesa de la terraza del restaurante italiano que cubría un mantel a cuadros rojos y blancos. Estaba hermosa, aunque algo cambiada. Su rostro había adquirido serenidad y los rasgos de la cara expresaban una mayor dulzura. Hablaba de manera reposada y segura. Hablaba mucho, esto seguía siendo igual que antes.

A través de la poca distancia que los separaba a ambos él sentía, sin embargo, la presencia de algún impedimento de carácter cósmico. Quizás un agujero negro de los sentimientos, que los tragaba por entero, haciendo imposible que llegasen del uno al otro. Pero aquel espacio estelar era sin duda anisótropo, sus propiedades no se manifestaban de la misma forma según la dirección que se tomase. A él le producía dolor la calmada indiferencia de la que fue su amada. Ella se mostraba imperturbable, satisfecha, actuando totalmente convencida en su nuevo papel.

¿Estaba con la misma persona? ¿Con aquélla que le declaró un amor apasionado? ¿Con la mujer que se derretía cuando la acariciaba? ¿Con la que deseó concebir un hijo junto a él? No, sin duda. Intentó pues elevarse por encima de su propia emoción y contemplarla, ver como se marchaba volando. Aunque ésta, pegadiza, pareciera no desear hacerlo y se quedase revoloteando en torno suyo.

Una racha de aire fresco invernal le acarició el rostro. Miró hacia el horizonte anaranjado en el que se ponía el sol. Relampagueó en su interior un fuego de color fresa suave. Sonaron imaginarios tambores de combate para el pequeño héroe viajero. Se levantó para despedirse, besando a sus acompañantes de mesa y besándola a ella. Había sido su primera prueba, sin duda. Era preciso ponerse de nuevo en camino.