
A través de la poca distancia que los separaba a ambos él sentía, sin embargo, la presencia de algún impedimento de carácter cósmico. Quizás un agujero negro de los sentimientos, que los tragaba por entero, haciendo imposible que llegasen del uno al otro. Pero aquel espacio estelar era sin duda anisótropo, sus propiedades no se manifestaban de la misma forma según la dirección que se tomase. A él le producía dolor la calmada indiferencia de la que fue su amada. Ella se mostraba imperturbable, satisfecha, actuando totalmente convencida en su nuevo papel.
¿Estaba con la misma persona? ¿Con aquélla que le declaró un amor apasionado? ¿Con la mujer que se derretía cuando la acariciaba? ¿Con la que deseó concebir un hijo junto a él? No, sin duda. Intentó pues elevarse por encima de su propia emoción y contemplarla, ver como se marchaba volando. Aunque ésta, pegadiza, pareciera no desear hacerlo y se quedase revoloteando en torno suyo.
Una racha de aire fresco invernal le acarició el rostro. Miró hacia el horizonte anaranjado en el que se ponía el sol. Relampagueó en su interior un fuego de color fresa suave. Sonaron imaginarios tambores de combate para el pequeño héroe viajero. Se levantó para despedirse, besando a sus acompañantes de mesa y besándola a ella. Había sido su primera prueba, sin duda. Era preciso ponerse de nuevo en camino.






